This website uses cookies

Read our Privacy policy and Terms of use for more information.

No es tu culpa. Es el zapato.

Te esfuerzas, cumples, te formas y te sacrificas. Haces todo lo que se supone que había que hacer. Y aun así, cuando llega la noche y por fin te paras un momento, hay una parte de ti que sigue con la sensación de no haber llegado del todo. Como si algo, en algún sitio, no terminase de cuadrar.

Durante mucho tiempo vivimos pensando que eso era un problema individual. Falta de disciplina. Mala gestión del tiempo. Poco foco. Poco aguante. Pero cada vez tengo más la sensación de que muchos llevamos años pidiéndonos perdón por algo que igual ni siquiera depende de nosotros.

Imagina a tu tatarabuela.

Está en una cocina que huele a leña y harina. Embarazada de ocho meses. Una mano apoyada en la barriga y la otra dándole vueltas a un café negro como el carbón.

Clinc.
Clinc.
Clinc.

Ese sonido metálico de la cucharilla probablemente era lo más estimulante que iba a pasar en toda la tarde.

No había radio de fondo.

No había pantalla azul.

Nadie podía escribirle mientras cocinaba o pensaba porque, sencillamente, no existía esa posibilidad.

El tiempo allí era otra cosa. Más lento. Más pesado. Más físico.

Ahora pega un salto de cien años y piensa en tu amiga Lucía.

También está embarazada de ocho meses, pero su realidad parece otro planeta. No la has visto en persona en semanas y aun así sabes perfectamente lo que ha desayunado hoy porque lo ha subido a una story. Te manda una ecografía por WhatsApp y antes de que la foto termine de cargar ya le has enviado cuatro audios que escuchará a x2 hablando sobre carritos de tres mil euros, pediatras estrella y nombres de moda.

Mientras haces eso, contestas un correo del trabajo con la otra mano.

En diez minutos habéis procesado más información y más ruido emocional del que probablemente tu tatarabuela manejaba en semanas enteras.

Y el cuerpo sigue siendo prácticamente el mismo.

  • Un embarazo sigue durando nueve meses.

  • Una digestión tarda lo mismo que en la edad media.

  • Un café se enfría a la misma velocidad que en 1920.

Todo lo demás acelera. El cuerpo no tanto.

A veces pienso que vivimos intentando meter un pie del 44 en un zapato del 38.

Y claro que duele.

Pero lo curioso es que, cuando empieza a doler, casi nunca miramos el zapato. Lo normal es empezar a machacar el pie.

  • “Te falta disciplina.”

  • “Te organizas mal.”

  • “Hay gente que puede con todo.”

  • “Espabila.”

Así que aprietas más.

  • Otro café.

  • Otro podcast.

  • Otra pestaña abierta.

  • Otro día intentando recuperar un control que se te vuelve a escapar a las dos horas.

Y poco a poco acabas perdiendo incluso la capacidad de estar quieto.

Te sobran veinte minutos y automáticamente sacas el móvil.

  • WhatsApp.

  • Instagram.

  • Correos.

  • Cualquier cosa antes que quedarte en silencio.

Porque el silencio hoy tiene algo incómodo. Obliga a escucharte. Y mucha gente lleva demasiado tiempo acelerada como para saber qué hacer cuando por fin se queda quieta.

Durante años pensé que esto se arreglaba con pequeños parches. Un fin de semana rural. Tres días de playa. Una app de meditación con sonidos de bosque por nueve euros al mes.

Pero luego volvía el lunes y ahí seguían los zapatos.

Apretando.

Y el cuerpo cada vez hablando un poco más alto.

  • Insomnio.

  • Dolores.

  • Irritabilidad.

La sensación constante de ir tarde a todas partes aunque no sepas exactamente a dónde.

Hay gente que lleva tanto tiempo viviendo así que acaba confundiendo la tensión con la normalidad. Como si vivir cansado fuese simplemente parte de hacerse adulto.

Y quizá no.

Quizá simplemente llevamos demasiado tiempo intentando caminar con unos zapatos que no son de nuestra talla.

Reply

Avatar

or to participate

Seguir leyendo